Editorial
LA TOLERANCIA
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Hernán Padilla |
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A propósito de la semana del buen trato concebida por la Alcaldía Mayor de Bogotá y la Secretaría de Integración Social y que comenzó ayer 19 de noviembre,
es oportuno reflexionar
sobre el tema de los desplazados
que llegan de todos los rincones del país y a todas las capitales del país, y que por física
necesidad al no tener la mínima
esperanza de un empleo, no tienen otra opción que desempeñarse
como vendedores ambulantes, en la mayoría de las veces explotados por grandes
mercaderes contrabandistas,
o convertirse en limosneros, ladrones, atracadores, sicarios y demás trabajos ilegales, utilizando
a su paso toda clase de “trampolines” incomodos, indecorosos
y peligrosos para su supervivencia; el nivel de mulas, putas y prostitutos menores de edad, es muy alto en este gobierno
de cultura y trayectoria mafiosa. La razón, no hay nada más qué hacer.
Por supuesto que la mayoría
(por aquello del “voltearepismo”)
de los “padres de la patria”, y dizque servidores públicos, no tienen tiempo de preocuparse de estos “irrisorios”
menesteres, ya que andan bien “ocupaditos” pensando y trabajando para las “encrucijadas
del alma” de su presidente.
Es apenas comprensible acostumbrarnos y “tolerar” la presencia de nuestros “nuevos vecinos”, mientras no se les solucionen las dificultades y se les devuelvan sus derechos y sus tierras, ocupadas por los paras y mafiosos con la complacencia
del gobierno.
Ellos tienen familias que alimentar
y defienden su derecho a vivir, si no dignamente, por lo menos el derecho a una mezquina
subsistencia. Lo mínimo que podemos hacer por ellos es tener
un “poquitín“ de paciencia y hacernos los de “vista gorda” ante la actitud “rebuscadora” de los que viven y hacen su “plante” en la calle. Sí, en la calle, que es a lo único a que pueden aspirar a raíz de esta descompensación tan marcada en esta nuestra descompuesta sociedad.
Vicky Dávila, y algunos otros personajes de la ‘farsándula’ colombiana
conceptúan, que aquí no hay guerra, que la gente del común no sufre, que se quejan mucho los “muy desagradecidos”,
que este es el mejor país del mundo, y así lo quieren hacer
ver ante el planeta entero. Es claro, se refieren al mundo en que ellos viven, el mundo que tienen y disfrutan en su trabajo
y su diario vivir, con lujos y sin necesidades, por lo menos en lo que respecta a lo material (quién sabe de qué color tendrán
su conciencia), un mundo privilegiado y desde el cual no se mira hacia abajo. Un mundo totalmente vacío e insensible ante las necesidades ajenas. No los condenamos, a ellos les pagan
por eso y para eso, así se ganan
la vida, ese es su trabajo, el trabajo de, como decía mi abuela:
“Sálvese mi caballo y sálveme yo, los demás a ver como no”.
Ante la vida insegura, precaria
y miserable de nuestros semejantes,
de los atropellados, de los atracados, abusados y masacrados por los poderosos
de este país, es apenas cuestión de humanidad ser un poco tolerantes.
Para los que se incomodan con los que tienen que subsistir en estas condiciones de adversidad
les solicitamos tan solo un “poco de aguante”; las molestias
durarán apenas lo que dure Uribe en el poder, es decir, hasta cuando se restablezca siquiera
algo de justicia, y se restituyan
los derechos de nuestros compatriotas más afectados por la desigualdad social galopante en el territorio nacional.
Todo depende, en gran parte,
de todos nosotros.
El desempleo produce hambre y el hambre produce delincuencia.
Hans King
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